21/9/14

TODOS SON....





Millones estamos preparando una sublevación. No sabemos cuánto nos tomará, pero vamos a triunfar.  Una por una de las calles hasta cada uno de los archivos, desde los yoes hasta los dioses, todo lo vamos a derrocar.

De eso se trata todo lo que está pasando todos los días en todas partes del mundo. Sólo que tus noticias y tus miedos te lo están ocultando.

Viene otro mundo.

20/9/14

GOBIERNO COMPRA “SU” PASADO

Aparecido en suplemento Laberinto del diario Milenio, 20 de septiembre de 2014.

GOBIERNO COMPRA “SU” PASADO

Esta semana el gobierno mexicano, justo en el aniversario del medio siglo del Museo Nacional de Antropología e Historia (y los 75 años del INAH), anunció que compró, antes de su subasta, el llamado “Códice Chimalpahin”.

Antes de dicha subasta, escribí aquí diciendo que subastar un documento tan importante mostraba que el colonialismo nunca se acaba.

Fragmento del Códice Chimalpahin - INAH
El gobierno actúo de último momento, ¿¡horas antes!?, probablemente negociando un gran precio para la subastadora (y/o propietarios) y pidiendo se tomara en cuenta el posible desprestigio que esa venta podría provocar, en caso de que una universidad norteamericana o algún inversionista anónimo comprara ese juego de documentos coloniales.

Si el documento hubiera parado, por ejemplo, en una universidad norteamericana, sería un trofeo académico-imperial más. Como sabemos, empresas, instituciones y gobierno norteamericanos tratan a indígenas y tercer-mundanos como sub-humanos. Pero desean sus “riquezas” (materiales y simbólicas).

En el caso de gobiernos tercer-mundeados, la situación es otra (…y no). También tratan a los indígenas como sub-humanos —en México los perros de la clase alta viven mejor que millones de indígenas— y el gobierno solo los usa para folclóricos photo-ops y, un click después, seguir exterminando esas culturas y explotando esos cuerpos.

Los documentos ahí incluidos, además, son bastante problemáticos. Son visiones de letrados (Chimalpahin e Ixtlilxóchitl) en quienes habitan elementos tanto de defensa del corpus indígena como de la exitosa colonización de su ser.

Esos textos son registros de la Colonia definiéndolo todo.

No es ningún accidente que esos tres tomos hayan sido propiedad de Sigüenza y Góngora, un letrado de la Nueva España que veía a los indígenas como bestias. Si alguien no lo cree, simplemente, léalo.

Ahora el documento es definido y anunciado, obviamente, como un archivo fundacional de “México” y de sus ciencias-patrias (su historiografía, se ha dicho).

Si aceptamos esa afirmación, entonces lo que el gobierno está diciendo es que la historia mexicana y sus Humanidades están basadas en la dominación de los otros, y el enmascaramiento del genocidio, mediante actos de apropiación de “tesoros culturales” que ocultan cómo y para qué fueron elaborados y coleccionados.

Desde un punto de vista ético, estos documentos solo deben pertenecer a los indígenas de México, Centro y Norteamérica, cuyos cuerpos vivos y antepasados han sido violentados de modo atroz por el colonio-capitalismo.

Cuando exista un gobierno indígena americano debe reclamar ese llamado “Códice” (un nombre inexacto, exotizante y tramposo) y hacer con él lo que ellos decidan, desde perdonarnos hasta quemarlo.

Mientras tanto, la apropiación y uso de esos documentos es un acto más de guerra por parte de Occidente contra los indígenas.

16/9/14

AVISO

Agradezco la atención prestada al aviso que aquí hice. Muchas gracias!

12/9/14

LA NUEVA CIVILIDAD EN LA NUEVA POLÉMICA

* Publicado en suplemento cultural Laberinto de diario Milenio, México, 13 de septiembre de 2014.

LA NUEVA CIVILIDAD EN LA NUEVA POLÉMICA

Las universidades norteamericanas han sido un eficiente laboratorio para probar nuevos métodos de control conductual de poblaciones intelectuales. Lo que ahí se ensaya luego se implementa en otros ámbitos dentro y fuera de Estados Unidos.

Junto a la nueva etapa de militarización de su policía doméstica, una nueva lógica cultural se está perfeccionando en Norteamérica. Se busca fijar qué puede decirse (y cómo decirse) sobre la guerra (contra el terrorismo, el narco, etcétera)

En agosto, el profesor Steven Salaita publicó opiniones sobre cómo el genocidio en Gaza organizado por el Estado de Israel, continúa la lógica de exterminio de la ocupación de América a partir de 1492.

Pronto Salaita fue notificado por la Universidad de Illinois de que su oferta de contrato (en el Departamento de Estudios Indígenas Americanos) había sido retirada.

Se anunció como causa del castigo su falta de “civilidad” al expresar ideas.

Nueva regla: durante esta guerra global, intelectuales, académicos, escritores, periodistas, artistas y activistas deben expresarse con “civilidad”. De no hacerlo, quedarán fuera del mercado laboral.

En septiembre, el mismo término apareció en un comunicado del rector de la Universidad de California, Berkeley, indicando que la “libertad de expresión” debe ejercerse con “civilidad”.

Vayamos al centro de esta noción (que será clave en esta década).

“Civilidad” significa no ofender a los grupos que conducen la guerra.

“Civilidad” significa que tomes tu rol como “civil” y vigiles tu lenguaje y pensamiento para que no agreda al complejo militar-industrial que controla gobiernos y medios que controlan poblaciones.

Veremos todo tipo de ajustes, represalias, estímulos, procesos para asegurar esta cultura de la expresión —la polémica en donde tú serás tu primer policía— desde las redes sociales hasta las clases informantes.

Esta política ya se echó a andar en las universidades norteamericanas, la élite intelectual más privilegiada del mundo. De ahí pasará a países aliados, principalmente donde la opinión pública tiene amplios descontentos.

Pasaremos de las artes visuales a las artes civiles; de las literaturas (post)modernas a la escritura creativa civil; de las redes sociales a las redes civiles (de lleno); de las Humanidades a las Civilidades.

El civil es aquel que se (auto) vigila según los intereses de la policía y la guerra, ya que es empleado, residente y cliente, y no desea perder acceso a redes, hogar y mercado. “Seguridad”.

Internet será de lo más difícil de controlar, pero serán las represalias del mercado laboral las que invitarán al civil virtual a auto–regular su libertad de re–expresión.

En general, los ciudadanos desaparecerán para dar pleno paso a los civiles.

5/9/14

EL “ENSAYO CREATIVO” OFICIALIZADO

* Publicado en suplemento cultural Laberinto de diario Milenio, México, 6 de septiembre de 2014.

EL “ENSAYO CREATIVO” OFICIALIZADO

En el 2011 apareció en la convocatoria de becas del Fonca para Jóvenes Creadores. Este 2014 ya está consolidado en la convocatoria del Sistema Nacional de Creadores de Arte; hablo del “ensayo creativo”.

Tanto en “letras indígenas” como en “letras” (no indígenas) la categoría de “ensayo” ha sido reemplazada por la de “ensayo creativo”.

Se trata del triunfo de la categoría norteamericana de “creative writing” sobre la de “literatura”. Como ya se ha probado en Estados Unidos mismo, la “escritura creativa” sirvió para estandarizar y despolitizar al campo literario.

Sustituir “ensayo” por “ensayo creativo” desacelera que la reflexión literaria mexicana tome un rumbo que Conaculta desaconseja: que crezca el interés analítico, el purismo de la prosa disminuya y se sepulte el conveniente ensayo sobre nada (el típico ensayo mexicano sobre el arte de volar papalotes sin usar hilo o la biografía de la gemela desaparecida de la comilla que bajó el elevador y se volvió coma).

El ensayo lúdico (ensayo–poema) es vital para la imaginación ensayística. Pero una literatura que solo escribiese ese tipo de ensayos resultaría insulsamente derechista y exquisitamente anacrónica.

Conaculta pretende que una sub–rama del ensayo (el “ensayo creativo”) reemplace a todas las ramas del ensayo o, en el mejor de los casos, las obligue a entrar de contrabando en ese anglicismo.

El anglicismo, a la vez, privilegia un tipo de ensayo mexicano (de distracción culta) que creció (junto al PRI) para impedir el crecimiento del ensayo de crítica literaria, histórica o teórica (especialmente después del 68).

“Ensayo creativo” es una categoría blanda (el ensayo por el ensayo mismo); el ensayo “perfecto” para una dictadura perfecta, que necesita escritores que escriban muy bonito y sean poco críticos. El ensayo como gracioso pasatiempo letrado.

El cambio es arbitrario e incluso contrario al propio canon, ya que si pensamos, por ejemplo, en los dos principales ensayos de Paz (El laberinto de la soledad y Sor Juana o las trampas de la fe) son ensayos de crítica literaria, teoría, psicoanálisis e investigación. Son todo lo contrario de un “ensayo creativo”.

Seamos exactos: el “ensayo creativo” viene del sub–canon; el canon wanna be.

El “ensayo creativo” en México se consagra con escritores que creen continuar a Torri, Reyes, Arreola o Monterroso y que, en verdad, son Chespiritismo del ensayo.

Por supuesto, Conaculta no justificó su capricho y no sería imposible que el “ensayo creativo” haya aparecido por el descuido de algún comité de escritores que decidieron que el ensayo sobre cómo vestir pulgas debe ser el nuevo centauro de los géneros.

Como sea, el “ensayo creativo” ya está oficializado; es ya el nombre y criterio oficial del ensayo. Su caña de pescar, su embudo.

29/8/14

LA CRACKIFICACION

* Publicado en suplemento cultural Laberinto de diario Milenio, México, 30 de agosto de 2014.

LA CRACKIFICACION

Entre los narradores mexicanos nacidos a partir de los años setenta se busca lo post-norteño. La literatura del norte es aquello con lo que se desea “romper”, ya que cambió temáticas, estilísticas, formas y sujetos que terminaron siendo indeseables por poner en riesgo la identidad del escritor mexicano tradicional.

Los nuevos narradores mexicanos desean romper con la literatura del norte. ¿Y qué se desea continuar? El Crack.

El Crack no tuvo obras maestras —libros que exploran un aspecto desconocido de la forma o el hombre— pero sí éxitos: En busca de Klingsor de Volpi y una larga lista de obras menores (en el buen sentido de la expresión y, a veces, en el intento fallido de alcanzar más lectores).

Pero su mayor legado no son sus libros sino su forma de concebir la literatura: lo post-boómico profesional sin tensión con el mercado o la forma canónica mexicana (la literatura revolucionaria… institucional).

El Crack más bien se caracterizó por facturar obras literarias que dicen romper con lo nacional pero curiosamente terminan representándolo. De nuevo, Volpi es la mejor encarnación de esta paradoja.

Si revisamos su trayectoria, el Crack ha mantenido una política literaria conservadora, sin entrar en conflicto con el campo literario o el gobierno en turno.

Se anunciaron como una ruptura pero en lo literario más bien fueron un aeropuerto internacional entre una literatura mexicana y otra literatura mexicana.

En el paso de un siglo a otro, Carlos Fuentes se convirtió en el escritor que cumplió los manifiestos del Crack; y el Crack manifestó querer convertirse en Carlos Fuentes.

¿Entonces fue ruptura con qué? Quizá con la Onda o Fadanelli —que fueron mayor ruptura— pero no con el canon.

Fuentes y el Crack deben verse como dos variantes de un mismo tipo de literato mexicano tradicional, que no es ni virtud ni defecto sino, simplemente, lo “respetable” y, en este estado de cosas, lo “prudente”.

Si miramos sus resultados, el Crack fue exitoso. Son referencia internacional; tienen un buen número de títulos entre sus miembros y dejaron una forma de pensar la prosa y un estatus intelectual y presencia que los escritores mexicanos posteriores desean.

Externamente, la clave del Crack fue ser una novedad sin ser una ruptura con los valores del mercado (real y posible); internamente, su clave fue proveer de estabilidad al sistema.

Entre los narradores nacidos en los años setenta u ochenta, entonces, nadie habla hoy de querer ser post-Crack; al contrario, su secreto es querer repetir el perfil del Crack, con una innovación: tener a Krauze más de su lado.

Algunos nombres se han propuesto para escritores setenteros y ochenteros (a quienes, por cierto, ya les llegó su hora o, mejor dicho, parece que ya se les pasó).

Pero propondré otro: los Crackificados.


22/8/14

HERBERT Y LA DIVISIÓN ¡ENTRE! LOS NORTES

* Publicado en suplemento cultural Laberinto de diario Milenio, México, 23 de agosto de 2014.

HERBERT Y LA DIVISIÓN ¡ENTRE! LOS NORTES

Hace poco Julián Herbert charló en la Cátedra Alfonso Reyes del Instituto Tecnológico de Monterrey acerca de “La literatura y el norte de México”. 

Aseguró que la “Nación” no debe preocuparse: no existió literatura del norte.

Acapulqueño residente en Coahuila, hoy Herbert niega que exista una literatura del norte de México y, para paz mental de algunos, dice que lo norteño fue un branding.

Aclara —el video está en YouTube— que fue un norteño por branding y hoy es un branding post-norteño.

Lo que dice Herbert es falso pero creíble. ¿Cuántos pueden conocer realmente la historia literaria de los nortes?

Herbert ignora o —peor— finge ignorar que la literatura del norte tiene décadas de historia, y está dispersa, fragmentada, malentendida y es abundante y multiforme.

Solo ignorándola o desdeñándola se puede creer lo que Herbert generaliza, oculta o tergiversa.

Las mejores obras de poesía, narración, ensayo, teatro escritas en el norte casi no circularon fuera.

Herbert omite mucho. Por ejemplo, a Rafa Saavedra, a quien ha imitado tanto. ¿Por qué? Saavedra no fue comercial. Así hace con docenas de distintos nortes.

Si no lo menciono, por ende, ¡no existe! Regla de oro de la crítica centrípeta.

E insiste que literatura es branding.

¿“Vender un producto” es el criterio de escritores?

Depende de qué tipo. De quienes persiguen modas y ventas, probablemente, sí.

En los escritores verdaderos, no.

Herbert remata diciendo que (según Gatopardo) es parte del Golden Age coahuilense.
Imprecisión, triunfalismo y poco espíritu crítico.

Para entender lo que Herbert dice (y lo que no dice) hay que tomar en cuenta una ruptura de tuerca: hemos pasado de la División del Norte a la división entre los nortes.

Herbert dice que hay diferencias entre escritores del noroeste y los del noreste y asegura que él como noresteño se siente más cerca de la Ciudad de México que de Tijuana.

Lo post-norteño es, sobre todo, lo que se deslinda de separatismos, regionalismos o bárbaros. Norteños que se ven a sí mismos con ojos centralistas.

Carlos Velázquez fabricó el discurso sobre lo post-norteño; la política editorial necesitaba escucharlo y Herbert le saca mayor provecho.

Para que ese discurso pegue requiere lectores desinformados o ninguneadores de la historia real de escribir en el norte.

Es grave que Herbert hable con tal ligereza de la literatura hecha por tantos otros, que hable con wiki-mercadotecnia de la resistencia de muchos espacios y tiempos, que parece no conocer o le sirve falsificar.

Herbert necesita que pasemos por alto lo que dice. Necesita que no se reconozca que las literaturas del norte no fueron un branding para sí mismas, sino que para él lo fueron y hoy las desestima porque —avisa— hay un nuevo nicho de mercado.