18/05/13

LA ENSEÑANZA QUE NOS DEJÓ JUAN RULFO


Este 2013 se cumplen 60 años de El llano en llamas, que sería la mayor obra literaria mexicana de no ser porque dos años después Juan Rulfo decidió publicar Pedro Páramo.

Algunos escritores dizque vivos saben tan poco de literatura que desdeñan a Rulfo, la cima estética de la literatura mexicana.

Y quizá latinoamericana, junto a Borges, tan distintos.

Rulfo era un hombre sensible, con una accidentada experiencia mundana, frecuente en grandes novelistas. Rulfo gustaba recordar que había sido agente migratorio y vendedor de llantas.

Lo decía para desalinearse de literatos soberbios y clasistas. Esos que aspiran a ser cosmopolitas de tan poco que han vivido.

Rulfo escribió Pedro Páramo en pocos meses, tres o cinco, según dijo. Gracias a una beca. Lo cual desmiente todas esas tonterías que dicen los escritores mexicanos actuales, increíblemente problematizados por cualquier cosa, incluso por tener o no tener una beca.

Rulfo había ya premeditado la trama de su novela, y con el tono adquirido en sus relatos de la década previa, logró ejecutarla en pocas jornadas.

Rulfo sabía que había hecho una obra maestra. Pero no lo quiso saber inmediatamente la literatura mexicana, que tardó años en aceptarlo, y aún cometió la ridiculez de reseñarla mal y querer ignorarla.

La costumbre le quedó a algunos literatos, quienes todavía periódicamente declaran alguna fruslería sobre Rulfo.

Otro rasgo de Rulfo que todavía no soportan ciertos escritores es que su lenguaje literario esté hecho de voces pueblerinas. Por supuesto Rulfo rehizo ese lenguaje. Pero ese cuento que se echan los literatos de que Rulfo lo inventó totalmente solo lo pueden creer un grupo de personas tan sordas e ignorantes que no se dan cuenta que los pueblos mexicanos son más poéticamente memorables que la estilística nacionalizada.

Los literatos mexicanos están realmente en un estado tan lamentable de percepción —son una mafiecita miserable— que cuando se les pregunta cuál es la gran lección de Rulfo responden que purificar las palabras de la tribu, quedarse callado o buscar la palabra justa, o algún otro cliché de la literatura francesa mal leída. No oyen. 

Si oyeran sabrían que la obra de Rulfo está compuesta de lo contrario: una impureza apretada de dientes, un murmullo enjuto que procura menos la “palabra justa” que narrar la injusticia.

Rulfo es la palabra pegada a la herida. Él deja que las voces hablen, y como esas voces son de fantasmas indígenas y cabrones coloniales, campesinos cristeros y verdugos humillados, personajes muertos y herencias rapaces, dictan su poesía del sufrimiento a un escritor provinciano, a veces sonriente, a veces atormentado. 

Rulfo publicó dos libros. Luego se quedó callado. Pero su lección no es el silencio. Su lección es haber escuchado.

11/05/13

LITERATURA MEXICANA HOY: ¿GENERACION O NUBE?



Aquí critiqué la idea de “generación” de Tryno Maldonado (y otros) para nombrar a la “mejor” narrativa mexicana hoy. Tryno respondió en Emeequis(29-4-2013).

Dice que mi réplica lo hizo replantear “la validez o pertinencia del concepto de generación” y agrega “es Pablo Raphael quien... se anima a ir más allá y... proponer un concepto alternativo al de generación. Lo llama nubes”.

Por “nubes” alude a una “fragmentación [que] hace imposible que se produzcan escuelas o tendencias. El individualismo hace que se multipliquen los gustos”.

Tryno remata su texto retomando la idea de “generación”. Cita a Ortega y Gasset —teórico por excelencia de “generación”— para alegar que “aquello que ejemplifica la solvencia del concepto de generación es que exista una identidad de tendencias... aun en un ámbito... de divergencias”. Dice que por eso peleamos.

“Generación Inexistente”, le llama. ¿Generación-Nube?

Difiero. Muchos ni pertenecemos a la “generación inexistente” ni a una “nube”.

Tryno y Raphael descuidan que “generación” no es el único modo en que un escritor pertenece a algo. Daré el caso del norte, que tanto antipatiza.

Si leemos muchos libros de escritores norteños de los últimos 30 años, es audible que se comunican con literatura colindante, música popular o caló binacional.

Pero quizá se desdeña la validez de identificarse con algo que no sea una pulcra foto con escritores de Ciudad de México.

Se olvida que hay obras que son un diálogo con lo regional y, en general, afinidades ajenas a “generaciones”.

Quizá hay voces literarias que conversan con jornaleros, colonias, migrantes, transporte público, largas filas para cruzar al otro lado, vecinos, paisanos.

En mi caso sería tan falso decir que pertenezco a una “generación” literaria nacional como decir que no pertenezco a nada. Pertenezco a la frontera. Esa frontera no es una “nube” —un Archipiélago ultravioleta de Soledades virtuales—; es una historia enraizada y bracera. Una colectividad viva, ilegal.

Y hay muchas otras autorías que hoy no creen necesario ni identificarse con la “República de las Letras” ni con “nubes” sino que se saben parte, por ejemplo, de la cultura chicana o la zapoteca.

No todos, claro. Muchos sólo se sienten parte del Club de la Ironía Por Encima de Todo. O parte de la “literatura a secas”. Cool por ell@s.

Otros nos sabemos parte de una cultura concreta, a veces pegada a un territorio, a veces a una migración. Conectados no a una élite literata sino a un rancho o urbe, tierra o lengua, pueblo o cruce.

Reconozcamos estas pertenencias. A quienes no tienen los ojos puestos en La Literatura sino el texto enredado con hablas, tribus o lugares.

No queremos sentirnos “cosmopolitas” ni nos quita el sueño ser acusados de “costumbristas”.

No somos “generaciones”. No somos “nubes”. Somos un nosotros. Y somos un chingo.

03/05/13

DERRIDA EN OTRA GUERRA FRÍA

Creo saber porqué a muchos les resulta odioso (y cada vez más) Jacques Derrida.

Hay una razón geopolítica. Derrida era un pensador francés y este mundo, casi norteamericano. Los norteamericanos no lograron crear un pensador de esa talla. En el agón que es pensar, Derrida murió invicto. 

Ahora desean desaparecerlo del mapa.

Derrida escribía de modo complejo. Esto molesta. Nuestra época siente que todo debe ser “accesible” y Fast–food. Si algo es difícil, el lector promedio se ofende. Y afirma que el problema no lo tiene él sino Derrida.

Derrida usaba neologismos y jerga. Ante una diferencia al escribir o hablar, el menor desvío en una letra, vocablo, fraseología o sintaxis, muchos se exasperan. Somos cuadrados.

Probablemente hay pocos lectores propensos a la lupa. Leer no para “entender” un texto sino para interpretarlo.

Muchas personas dicen de la prosa de Derrida: “no se le entiende”. Podrían decir “no logro entenderlo”. El ego odia a Derrida.

Otro motivo por el cual Derrida es detestado: sus textos interpelan casi todo comentario. Y pueden generar interminables comentarios. Todo esto desespera a demasiados.

Pero, sobre todo, Derrida es rechazado porque es radical. La obra derridiana implica abandonar multitud de certezas de la antigüedad, medievo, modernidad y post–modernidad. Derrida era un terrorista de la teoría y nosotros una época que quiere Seguridad.

Las generaciones más jóvenes tienen una fuerte tendencia a “recuperar” todo lo que Derrida dinamita: Dios, la voz lírica, el liberalismo, la Razón, la comunicabilidad.

Derrida inquieta tanto que desde hace años aparecen libros que buscan domesticar y empaquetarlo hasta creerlo compatible con el mercado de ideas reaccionarias.

Derrida desarrolló la desconstrucción, que consiste en poner a flote todo lo que el lenguaje puede decir de sí mismo. Esto es peligroso.

Hemos pasado de la desconstrucción al denial.

Derrida exige una lectura autocrítica que pueda decir a cada momento: ¿qué quiere decir esto? Y resolverlo. O no resolverlo y seguir atenta. Leer como escuchar y sospecharlo todo. Pero en el mundo post–9–11, sospechar te hace sospechoso.

Para TV y CIA, revistas y universidades, “radical” es una palabra condenada. Derrida era un radical. Esto no lo toleran las instituciones, sobre todo, las mentales.

Quizá muchos de los libros que no hemos leído en las últimas décadas son de Freud, Heidegger y Derrida.

Y muchos lectores profesionales —autores, profesores, humanistas— mantendrán su renuencia a Derrida, y disuadirán a otros de leerlo, aprovechando que los mejores soldados del imperio son ciertos atavismos globales de lectura.

Pero vivir este siglo y no conocer la obra de Derrida implica un grave error ético, y un error geopolítico descomunal.

Otra guerra fría continúa. Una guerra para enfriar la teoría.


27/04/13

¿POR QUE NO LEEN LOS MEXICANOS?


Las estadísticas muestran que los mexicanos leen mal y poco. Los estudiantes tienen serios problemas para comprender lecturas. ¿Qué gritan estas tragicómicas cifras?

El Iluminismo predica que el libro libera. Pero quizá los mexicanos se oponen al libro como una resistencia política.

El libro permanece atrapado en la red autoritaria.


La escuela mexicana no es emancipatoria sino represiva. El libro es asociado psicológicamente con las prácticas restrictivas empleadas desde el catecismo hasta las cátedras.

Quizá un estudio demostraría que el libro es sobre todo un instrumento para adoctrinar personas a obedecer autoridades.


El manejo de la Biblia en la Iglesia y familia, y el manejo del libro de texto por los maestros podría ser uno de los motivos por los que “La Bola” de “Jodidos” se niega consciente e inconscientemente a “leer” y “entender” libros: agacharse.

Esta rebelión paga un precio: la “ignorancia”, mezcla de desinformación, desventaja y desacato.


Desacato, sí. La no-lectura podría ser un sabotaje al libro como instrucción autoritaria.

El rechazo a la “lectura” no sólo es reflejo del fracaso del programa escolar sino señal del éxito de la resistencia de las mayorías contra el adoctrinamiento.


Me-Hago-el-Menso para NO seguir tus Órdenes.

El bajo índice de lectura podría ser una forma en que el mexicano está comunicando su rechazo a ser sometido por el Libro y sus mandamases.

Quizá el mexicano no puede “leer” debido a que la comunicación familiar, escolar, mediática y gubernamental no es clara sino incoherente.

Aun si el mexicano promedio quisiera aprender a leer, lo contradictorio y confuso de las autoridades no deja desarrollar capacidad de lectura de la realidad (de la cual la lectura de libros deriva).


El libro (y la palabra escrita y pública) se usa para ocultar que la comunicación es defectuosa y mal intencionada.


El mexicano ve a la palabra pública —del libro al noticiero, y de las promesas de campaña hasta el informe presidencial— como una mentira, una comunicación que no debe creer o atender seriamente porque es desconfiable.


El mexicano promedio no lee porque no adquirió en su infancia y juventud las capacidades básicas para confiar en las fuentes debido a la comunicación embustera y despótica de sus padres, profesores, sacerdotes, voceros y funcionarios.


Y no cree benéfico aprender a “leer” porque ese sistema engañoso monopoliza la Palabra para justificar sus trampas.


(Para colmo, el Libro casi nunca habla del mexicano promedio sino de las clases que lo dominan).

El mexicano se protege del poder del libro. Prefiere la “ignorancia” al sometimiento.


Se opone —casi silenciosamente— al libro por ser utilizado para humillarlo, castigarlo, engañarlo, manipularlo, controlarlo.


Los de Abajo se siguen sublevando. No necesariamente levantando.

23/04/13

SE BUSCA EJEMPLAR DE ESTE LIBRO


No tengo ejemplar de este libro. Si alguien tiene un ejemplar extra, se lo intercambio por algún otro libro mío.

heribertoyepez@gmail.com


19/04/13

LEER SIN CANON


Estas semanas he sugerido que hay unidad entre la forma en que los nuevos poetas, narradores y críticos mexicanos definen qué debe entrar y ser rechazado en el nuevo canon.

Ya murieron las autoridades literarias: Paz, Fuentes, Monsiváis.

Nuevos poetas, críticos y narradores sueñan un puesto similar. Para lograrlo requieren re–producir las condiciones en que tal autoritarismo es posible: una “República de las Letras” numéricamente reducida, reconocible, centralizada vía alianzas y, sobre todo, exclusiones. Literatura élite.

En México hoy, tal República de las Letras —otras veces llamada Literatura mexicana o la “tradición”— no puede ya ser.

La diversidad cultural impide alzar un “canon” que represente todas las regiones, lenguas, grupos, clases, géneros y cada etcétera.

El centro y lo nacional son fantasmas. Pero los grupos dominantes usan el poder institucional y sombra del pasado para mantener la ilusión de una “literatura nacional” simulada por mezcla de penúltimas Autoridades Republicanas y una nueva “Generación” de “relevo” en poesía, narrativa y crítica.

Para conseguir la ilusión de la legitimidad de esa transmisión de poderes, hoy se hacen reseñas, listas, panoramas, colecciones, dossiers o antologías para persuadir a los lectores de ese nuevo mapa selecto.

Y se intensifica la labor de descalificación, desdén y ocultamiento de centenares de textos, autorías, tendencias, emergencias y márgenes, desde legados negados y poéticas indígenas vivas hasta tejidos migrantes y fuera del libro, pasando por incontables autorías que no pertenecen a los círculos sociales prestigiados.

Este es un momento crucial. Pero ni la academia ni la crítica literaria en México o Estados Unidos están preparados o interesados en promover una visión democrática de la escritura. 

Son grupos conservadores, privilegiados. No arriesgarán.

La aplastante mayoría de nuevas literatas y literatos tampoco parecen dispuestos a retar la formación de canon. Quieren ser admitidos. Desafiar esos mecanismos, lo saben, asegura quedar fuera al corto, mediano o largo plazo. Los literatos no moverán mucho.

Solo una fuerza puede modificar esta situación: nuevos lectores.

Por nuevos lectores no me refiero a una nueva generación de consumidores de textos que acepte la nómina de nombres y libros del pasado, o sigan al mercado, la academia o la crítica.

Por nuevos lectores me refiero a quienes estén dispuestos a leer todo de nuevo, y leer lo que nunca ha sido leído. Leer lo que las listas no incluyen.

Leer como un acto cotidiano, multitudinario, leer sin canon, leer para saber que es imposible que unos cuantos nombres u obras representen a tantos tiempos, lenguas, pueblos, barrios, comunidades, ciudades, migraciones, tantas mexicanidades diferentes, mutiplicándose, interminables.

México es la imposibilidad de todo canon. 

12/04/13

LA GENERACIÓN DE LA CRÍTICA INEXISTENTE





A la nueva narrativa en México, Jaime Mesa la bautizó —aquí en Laberinto"Generación Inexistente".


Una lista reciente de Tryno Maldonado (Emequis, 7-4-13) incluye a Alberto Chimal, Juan José Rodríguez, Yuri Herrera, Guadalupe Nettel, Antonio Ortuño, Carlos Velazquez, Luis Felipe Lomelí, Julián Herbert, Valeria Luiselli, Emiliano Monge, Rafael Lemus, David Miklos, Bernardo Fernández BEF, Antonio Ramos, Luis Jorge Boone, Brenda Lozano, Daniela Tarazona, Pablo Raphael, Alain Paul Mallard.

Dicen no buscar Gran Novela (Di No al Boom). ¿Renuncia deliberada o carencia de conocimiento técnico y existencial para hacerla?


Dicen ya no estar bajo la sombra de Paz. Pero siguen su estética (vía modernismo moderado y liberalismo light) y el pacentrismo los cobija.


Con frecuencia las listas de la Gen-Inex son firmadas o principalmente ocupadas por autorías promovidas o salidas de LetrasLibres.


¿Generación Inexistente o Generación Letras Libres, SIMI-Lares y CoNexos?


Esa forma crítica los coloca como parte de la “tradición” y por ende como “relevo”.


La Generación Inexistente es una disimulada crisis de poder; su estilo, un monumento de efectos y afectos oficiales.


Nótese su escasez de crítica a autoridades actuales. Su mansedumbre política hoy conviene al sistema. Pero lo aniquilará en veinte años, cuando no tenga plumas entrenadas para sostenerlo. Paz tenía a Krauze; Krauze no tiene a nadie.


Sus críticos literarios frontales (Lemus, Miklos y Beltrán Félix, el mejor de ellos) hacen reseña basada en el gusto, para proteger esa “tradición” y su posición en ella.


Y en la retaguardia reseñista no faltan xenofobia, misoginia y desinformación. En un país de bajísima lectura, la crítica mexicana joven refleja tal incapacidad de analizar. Internacionalmente está reprobada.


Entre la Crítica Inexistente y la academia mexicanista crece la separación. La falta de actualización de estos críticos y el descuido de sus editores facilita que la academia tome control del estudio de la literatura mexicana, provocando que los lectores se queden sin interlocutores especializados, y la discusión de lo literario migre a los espacios académicos, hechos para no dejarlos entrar.


Separación social es la lógica común de la Generación Inexistente, la crítica y la academia.


La idea misma de “Generación” literaria aparece para agrupar autores entre sí —fingiendo la literatura como Libro Hereditario— y aumentar su desconexión con regiones, culturas, ideologías o clases sociales.


La Generación Inexistente es síntoma de que aún se ve al libro como emanación de La Historia de la Literatura. Su nombre es adecuado: son narrativas y críticas que gustan desaparecer de lo social, para reaparecer sólo como fantasmas de la “tradición”.


Para conseguir ruptura con la sociedad, fabricaron esa “tradición”, que es el espíritu del PRI vuelto presidencialismo cultural, Academia VIP y Televisa de las Letras.


--

Un comentario de Alberto Chimal sobre este texto: http://tmi.me/S6Wzn
Un texto en Google books sobre la Generación Inexistente aquí